Entre pantallas y vigilancia: ¿qué tan lejos estamos de una distopía?
Por Mag. Adriana Barrantes Granados*
Durante mucho tiempo, las novelas distópicas parecían simples ejercicios de imaginación. Obras como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, o 1984, de George Orwell, describían sociedades extremas; sin embargo, la distancia entre ese imaginario y la realidad se fue acortando con el paso de los años. ¿Será acaso que, entre las líneas de lecturas como estas, tenemos verdaderas advertencias? En mi opinión, el mundo contemporáneo presenta numerosas características propias de una distopía. Desde mi teléfono celular observo noticias que me hacen pensar en cuán amenazada está nuestra libertad: eventos multitudinarios con escaneos faciales, deportaciones, persecución de la opinión pública y amenazas constantes a la igualdad y a la dignidad humana. Paradójicamente, cuanto más desarrollada parece nuestra sociedad, se hace más evidente la sensación de que algo esencial se está perdiendo.
Es posible apuntar algunos ejemplos, como la vigilancia constante a la que estamos sometidos. En 1984, Orwell imaginó un Estado donde el Gran Hermano observa permanentemente a los ciudadanos. Hoy no tenemos esa figura específica al menos no de esa forma consciente, pero disponemos de redes de cámaras, teléfonos inteligentes, redes sociales, inteligencia artificial y algoritmos que recopilan información sobre nuestras actividades, pensamientos, gustos, opiniones e incluso emociones. Muchas veces pagamos el precio de nuestra privacidad a cambio de la comodidad o el disfrute que podemos obtener. De esta manera, el control ya no depende únicamente de los gobiernos, sino también de grandes empresas tecnológicas que conocen más sobre nosotros de lo que imaginamos.
Otro aspecto importante es el control. En Un mundo feliz, se presenta una sociedad donde las personas son controladas no mediante el miedo, sino a través del entretenimiento constante y el consumo excesivo. Esta idea resulta sorprendentemente actual: vivimos rodeados de plataformas digitales, de contenido instantáneo, publicidad personalizada y una necesidad permanente de consumir nuevos productos y experiencias. Huxley imaginó una sociedad donde las personas renunciaban voluntariamente a su libertad porque el placer, el consumo y el entretenimiento permanente hacían innecesaria la coerción.
Es evidente que nuestra sociedad experimenta una crisis profunda de confianza en la verdad, un deterioro del debate público y una marcada radicalización política. Vivimos la contradicción de estar hiperconectados, pero esto, paradójicamente, produce individuos aislados en burbujas ideológicas construidas por algoritmos; la abundancia de información no ha generado ciudadanos mejor informados. Actualmente, es difícil distinguir entre hechos, propaganda, opiniones e información y, posiblemente por eso, hay una sensación de que no estamos lo suficientemente indignados ante atrocidades que se exhiben como escándalos a la luz pública. En la sociedad actual, la información personal ya no es únicamente un recurso comercial; se ha convertido en una forma de poder, convencidos de que elegimos libremente aquello que ha sido diseñado cuidadosamente para captar nuestra atención.
Pero el control de esta información es solo una parte del problema. Quizás el fenómeno más alarmante de la actualidad es el resurgimiento de movimientos nacionalistas y de extrema derecha en distintas democracias del mundo. Discursos basados en el miedo, la exclusión y la construcción de enemigos internos han recuperado legitimidad política. La inmigración, las minorías étnicas, las personas refugiadas y diversos grupos sociales son convertidos en responsables de problemas económicos, culturales y de seguridad, entre otros, lo cual alimenta narrativas profundamente simplificadoras que deterioran los principios democráticos.
La velocidad con la que los discursos de odio circulan en internet normaliza expresiones de intolerancia que parecían haber sido superadas después de las tragedias vividas en el siglo XX. La información ha dejado de ser un instrumento para entender la realidad y se ha convertido en un mecanismo para fragmentarla. Ya no estamos hablando únicamente de noticias falsas; enfrentamos un ecosistema donde la verdad pierde relevancia frente a la capacidad de un mensaje para generar indignación, miedo o viralidad. Orwell imaginó un Ministerio de la Verdad encargado de reescribir la historia. En el presente, parece operar de una manera distinta: no es necesario eliminar la verdad; basta con producir tantas versiones contradictorias que resulte imposible distinguir entre evidencia y opinión. La verdad dejó de ocupar el centro del debate y cedió espacio a narrativas emocionalmente más eficaces, aunque sean falsas.
La desinformación masiva erosiona la confianza en las instituciones, debilita la deliberación política y favorece la polarización social. Quien controle los datos y la información tendrá una capacidad inédita para influir sobre decisiones individuales y colectivas. La inteligencia artificial y los sistemas predictivos no solo modifican la manera en que consumimos productos, sino que también transforman la forma en que comprendemos la realidad, construimos nuestras opiniones y ejercemos la ciudadanía.
Necesitamos fortalecer el pensamiento crítico, crear y sostener medios de comunicación independientes y movimientos sociales que defiendan los derechos humanos, cuestionar las narrativas dominantes y cultivar nuestra capacidad de reflexión. Los grandes peligros de nuestro tiempo no siempre llegan acompañados de violencia visible; con frecuencia adoptan la forma de comodidad, entretenimiento, sobreinformación y consumo. Quizás la mayor enseñanza detrás de estas lecturas sea que el poder siempre encuentra nuevas formas de adaptarse. Por eso, la pregunta más importante no es si vivimos o no en una distopía, sino si seremos capaces de reconocerla antes de que la normalicemos por completo. Porque las sociedades no pierden su libertad de un día para otro; la pierden cuando dejan de cuestionar aquello que consideran normal.
*Mag. Adriana Barrantes Granados. Profesora de la Cátedra de Historia de la UNED. Correo electrónico:
